Rafa


Los periodistas -uno nunca deja de serlo- estamos acostumbrados, como los marineros que salen a faenar antes de que brille la primera luz del día, a navegar en la penumbra, contra viento y marea, en busca de un horizonte claro que permita lanzar las redes. Obligados a discernir, a separar el grano de la paja, a capear el temporal cuando vienen mal dadas y a no conformarnos con lo sencillo de obtener. Tenemos un compromiso con la verdad que no podemos rehuir. Cualquiera que sienta esta profesión, esta manera de vivir, palpitando en su corazón, no ha de olvidar estas premisas. Lo demás, las constantes vitales y egocéntricos actores de este pseudoperiodismo basto y sudado, de colorín, ringorrango y amenaza a cambio de cooperación, que lleva años asomando la patita, ni siquiera merece ser tenido en cuenta.

Rafa Lupión lleva años enseñándome esto y mucho más. A su lado crecí como persona y como profesional durante cuatro años decisivos en mi vida. Y cerca o lejos de él nunca ha dejado de aprender, de asentar las bases de la filosofía vital que compartimos, en la que creo a pies juntillas, y que marca mi día a día: honestidad, trabajo bien hecho, esfuerzo y fidelidad a uno mismo y a quien confía en él. Por ello mi compromiso con él es enorme y mi fidelidad a él siempre será, pase lo que pase, inquebrantable.

No recuerdo con precisión las palabras que cruzamos en aquel inicio de curso deportivo en septiembre de 2004 cuando nuestros caminos convergieron por vez primera. Sí, por el contrario, tengo muy presente la fe ciega que depositó en mí desde el comienzo, los ánimos en los momentos de flaqueza y la ilusión compartida y volcada en tantos proyectos. También, lógicamente, recuerdo con claridad momentos menos agradables y más agrios. Pero no descubro nada si afirmo que nadie, absolutamente nadie, puede asegurar una felicidad completa y constante. 

Rafa es uno de mis referentes y, por encima de todo, mi amigo. Suyo fue el primer abrazo y las primeras palabras de ánimo en el, hasta hoy, momento más duro de mi vida, en el viejo edificio del Pasaje Doctor Serra, segundos después de que una llamada telefónica me destrozase por dentro. Suyos, algunos de los mejores consejos que he recibido en mi vida. Suyas, algunas de las frases de aliento más sinceras que he escuchado. Suya, tras un silencio de año y medio, la confirmación de una amistad para toda la vida. 

Para mí Rafa es también el chico de la voz personal e intransferible, la narración épica y plagada de matices, el  inmejorable conversador, el protagonista de anécdotas hilarantes. El meticuloso y eterno poblador del Estudio 2 de la 97.7, siempre en busca del reportaje, la entrevista o la noticia de mayor interés. El sobrio hombre de negro en sus apariciones en esa televisión que tanto lo echa de menos. El jefe inquieto, justo y cercano.

Por todo ello siempre he querido y siempre querré a Rafa. A ese Rafa riguroso, a veces anárquico, imprevisible, pero siempre solvente y seguro. Rafa es un corredor de fondo del periodismo valenciano al que nadie ha valorado en su justa medida. El Rafa lleno de ilusión del ya lejano Minuto 93, trocado en Minuto 97 cuando aterrizó en el Pasaje en 1998, ha escrito alguna de las páginas más interesantes de los tres últimos lustros de periodismo en la ciudad. Gracias a su ilusión y esfuerzo, capitaneando a un equipo de amigos -César, Miralles, Arancha, Andrés, Rosa, Adrián, Darío, Marta, David y muchos más- consiguió que una emisora modesta y con escasos recursos fuera capaz de ofrecer una dignísima programación, siempre al servicio del ciudadano. Consiguió ilusionarme y embarcarme en varios proyectos de gran calidad que han acabado, desgraciadamente, en manos ajenas, llenos de manchas grasientas y alejados diametralmente de su propósito inicial.

Desde ayer Rafa, mi admirado Rafa, mi maestro y amigo, navega en solitario buscando su horizonte. El mar embravecido ha quedado por fin atrás. Su nave llegará muy pronto a buen puerto. Que a nadie le quepa duda.

Para ti


Estas líneas están escritas para ti. Para ti, que aguantas la vela desde hace veinte, treinta, cuarenta o quizá más años sin que las desilusiones entorpezcan ni hagan variar tu rumbo. Bien, quizá alguna vez hayas deseado tirar la toalla y enviarlo todo a pastar. Es posible que muy a menudo te hastíen el mercantilismo y el egoísmo de ese grupo de privilegiados que mañana cambiarán de equipo y sestearán en otras coordenadas del planeta. Sin embargo, siempre acabas comprendiendo que no todo, afortunadamente, se encierra ahí. Que tú, por encima de todo lo circunstancial (y ellos lo son), representas la continuidad de un sentimiento que pronto cumplirá cien años de historia.

Este texto es para ti, que heredaste la pasión de tus mayores y le fuiste sacando punta conforme crecías. Para ti, que siempre has situado la inevitable visita a Mestalla como inicio y no final de tus semanas, casi a modo de bálsamo emocional para sobrellevar esta fútil existencia que te ha tocado vivir. Para ti, que te exasperas, bramas, gritas de impotencia la mayor parte de las veces antes de abandonar el estadio. Para ti, que buscaste hasta el último céntimo disponible en tus bolsillos para sacarte el abono en un año de cerrojos y apreturas, de presagios nada positivos. Para ti, en definitiva, que vives como nadie tu afición sin esconder las cartas. A pecho descubierto.

Estas palabras son para ti, que has disfrutado con grandes tardes y noches de fútbol, pero también que has escondido la cabeza ante desastres casi bíblicos sobre el pasto. Que has presumido menos veces de las que te habría gustado ante tus vecinos madridistas o el compañero de trabajo culé. Que te has tragado peroratas infumables, pufos de considerables dimensiones y a dirigentes charlatanes, fans del despilfarro, el boato, la nocilla con mortadela, a artistas de las medias verdades ajenos a tu sentimiento, ansiosos por figurar y raudos a la hora de salir, bien aprovisionados, del edificio cuando amenaza ruina.

Tú eres el verdadero protagonista de esta historia. Tú y solo tú. Tú, el mismo que daba patadas al balón de ilusión al tiempo que coleccionabas los cromos de tus primeros ídolos. Tú, que corriste junto a Kempes en el Calderón multicolor del 79. Que quisiste morir de impotencia mientras It must be love te recordaba en el 86 que tu sentimiento no entiende de descensos a Segunda. Que viviste los noventa en tierra de nadie, con algún sonrojo europeo como incómodo fondo. Que recobraste la fe en Sevilla. Que tragaste la amarga pastilla de la realidad en París y Milán. Que empujaste a la red el gol de Baraja ante el Espanyol. Que lloraste a moco tendido con el gol de Ayala. Y que volviste a hacerlo dos años más tarde en Gotemburgo sin importante que te señalasen como el loco de turno. Tú que llevas años vegetando en la nada agradecida tierra de nadie, harto de pistoleros, abúlicos y charlatanes.

Esta noche tú mandas en la olla a presión de la Avenida de Suecia. Demuestra a unos y a otros que puedes dar la vuelta a una historia que muchos creen irremisiblemente perdida. Anima, empuja, vibra, protesta, canta, lleva en volandas a los actores secundarios para que Bucarest deje de ser una ciudad fría, fea y gris y pueda pasar a formar parte de tu geografía emocional. Tú eres el verdadero héroe. Nunca lo olvides.


Artículo publicado en L'Informatiu

Weller, música y ¿causas benéficas?



Cuenta Paolo Hewitt en su biografía de Paul Weller The Changing Man que, durante los días en que se gestó Do they know it's Christmas, el single multimillonario de la Band Aid, la participación de nuestro hombre fue generosa y su concienciación con la causa, más que evidente. En consonancia con la actitud desarrollada por PW durante los últimos tiempos -había encabezado los movimientos de protesta por la situación de los mineros, y más adelante prestaría su apoyo al Red Wedge-, brindó su ayuda a Bob Geldof para componer, grabar y lanzar el famoso sencillo.

Sin embargo, dos detalles, sigue narrando Hewitt, sorprenden al analizar la participación de Weller en tan vasto proyecto. Uno, el papel marginal y secundario que habitualmente se le ha reservado en el proceso de gestación de Do they know it's Christmas (por otra parte, un tema bastante ramplón). PW aparece en primer plano en las fotografías junto a Geldof el día de la grabación, cuando las cámaras de televisión todavía no habían llegado para ensalzar a Bono, Sting y demás. Otro, el vacío al que los artistas implicados en el proyecto le sometieron en los sucesivos actos de que constó la tan cacareada historia (grabación, promoción e, incluso, en el Live Aid). En todos los vídeos Weller aparece prácticamente solo, con semblante incómodo y triste. Quizá reflexionara en silencio acerca de la hipocresía de gran parte de aquellos músicos, que llegaron al estudio en limusina, al tiempo que pensaban en el gran impulso que un acto como aquél podría proporcionar a sus carreras. Como así fue.



El Live Aid, celebrado unos meses más adelante, confirmó esa marginación y agrandó el abismo existente entre Weller y los Michael, Bono o Collins. Muchos de los que auguraban una vuelta puntual de The Jam -tal y como hizo, finalmente, The Who- hubieron de tragarse sus deseos. The Style Council, la (entonces) enérgica e incomprendida segunda aventura de Weller, fue relegada al horario más intempestivo posible, sólo por detrás de Status Quo en el cartel del día. Weller lanzó sus proclamas al mundo a través de Walls come tumbling down e Internationalists mientras Geldof, Brian May, Bowie o Kenney Jones alternaban con los príncipes de Gales y en el backstage los músicos se felicitaban, entre carcajadas, por su buen tino a la hora de elegir una plataforma de tanta resonancia para su autopromoción.



El vídeo final de aquel día en Londres es muy ilustrativo. Los artistas se arremolinan tras los micros para cantar el tema de marras. Bono, Geldof, Mercury, Bowie, McCartney, (¡incluso Pete Townshend y Roger Daltrey!) ocupan las primeras filas. Detrás de ellos, nuevamente solo, Weller sigue el ritmo de la canción sin que nadie le pase el micrófono. El destacado contribuyente al éxito, el ídolo de parte de la juventud británica, el artista concienciado con el cambio, vuelve a ser, por enésima vez, ignorado por sus ¿compañeros?. Weller reaccionó consecuentemente: desde entonces se ha mostrado receloso ante grandes eventos como el Live Aid -dijo no a la secuela perpetrada hace cinco años- y ha prestado su implicación a causas en las que la laca y los brillantes no tapen el verdadero significado de las protestas.



Dylanismo (2)

Para continuar con mi modesta Bobfest, abro un hueco en este cuaderno a mis cinco versiones favoritas de temas escritos por el viejo huraño de Minnesota.




The Byrds - Mr Tambourine Man (1965) - pido disculpas por mi escasa originalidad



Joan Baez - Love is just a four letter word (1968)



June Carter & Johnny Cash - It ain't me, babe (1992)



Kiko Veneno - Memphis blues again (1995)



The Dixie Chicks - Mississippi (2003)

Dylanismo (I)



Bob Dylan
cumple 70 años el martes que viene. De nuevo a remolque de Jorge, otro dylanita irredento, dejo en este rincón apartado un listado con mis canciones favoritas del viejo.

- Don't think twice, It's allright (versión de The Witmark Demos, 1962)
- Like a rolling stone (single, 1965)
- It's all over now, baby blue (Festival de Newport, 1965)
- Just like Tom Thumb's Blues (Los Angeles, 1965)
- Can you please crawl out your window? (con The Hawks, inédita, 1965)
- Positively 4th street (single, 1965)
- Stuck inside of mobile withh the Memphis blues again (Blonde on Blonde, 1966)
- One too many mornings (versión de The Bootleg Series IV, 1966)
- I threw it all away (Nashville Skyline, 1969)
- Sign on the window (versión alternativa a la de New Morning, 1970)
- Just like a woman (Concert for Bangladesh, 1971)
- George Jackson (single, 1971)
- Forever young (Planet Waves, 1974)
- You're a big girl now (Blood on the tracks, 1975)
- Sara (Desire, 1976)
- Most of the time (Oh Mercy, 1989)
- Tombstone blues (MTV Unplugged, 1994)
- Things have changed (BSO The Wonder Boys, 1999)
- Mississippi (Love and Theft, 2001)
- When the deal goes down (Modern times, 2006)
- Maggie's farm (versión country-rock del Never Ending Tour, 2006)

¡A disfrutar!

¿La gran esperanza blanca?

Tierra calcinada


En época de vacas flacas, cuando el erario público parecía agotado y las restricciones se impusieron, todos aquellos que abrevaron en fuentes repletas en los tiempos gozosos corrieron presurosos a esconderse. A ocultar los tejes y manejes de toda una vida envueltos en las mantillas del poder. A camuflar el porqué de su extraordinaria prosperidad, sorprendente en una tierra tan desagradecida como aquélla. Desaparecieron de la primera línea para refugiarse en el chascarrillo, en la conspiración de barra y bar típicamente hispánica.

Las primeras flores brotaron del secano poco después, consecuencia lógica de un trabajo callado y discreto. Hubo, cómo no, palabras de aliento y afecto, de ánimo a seguir desecando terrenos fangosos y ciénagas. Pero también dardos tan puntiagudos como envenenados, encaminados a minimizar los -inéditos- logros. La práctica habitual del que tiene millones de razones para callar.

Tras las flores llegaron los frutos, toda una cosecha recogida antes del verano y repartida durante el estío, que asombró entonces a propios y extraños. La tierra se acostumbró a ser tratada de nuevo con mimo y cuidado, y olvidó durante un tiempo los largos años de desprecio, los saqueos y silencios cómplices. El agua volvió a brotar, con menos fuerza que antaño, pero con regularidad suficiente para alimentar los campos. Y, en consecuencia, las recolecciones anuales mantuvieron su calidad.

Fue entonces ellos cuando aparecieron de nuevo, blandiendo su supuesto pedigrí histórico como un título de propiedad feudal. Reclamaron la tierra, las flores y los frutos, paso previo para poder volver a saciarse. Para volver a campar, cual caballo de Atila, por una tierra próspera antes de agotarla completamente y abandonarla.

Sin embargo, la historia aún ha de escribir nuevas páginas. Todavía se puede evitar el olor a tierra calcinada.
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