La estimulante lectura del primer volumen del estupendo
Historia del Llevant UD permite descubrir infinidad de detalles sobre los orígenes del fútbol y, por supuesto, sobre la vida cotidiana en la Valencia de comienzos del siglo XX. Para el apasionado por la historia de la ciudad resulta emocionante situar aquellos primitivos
matches en solares repartidos por la periferia, y evocar el crecimiento urbano a través de vías actualmente desaparecidas, de inolvidables nombres, como los caminos de la Soledat y el Fondo del Grau.
Habitualmente se ha comparado a los estadios de fútbol con los circos o coliseos romanos y con catedrales. Como ellos, el estadio de fútbol fue en su momento, avanzado el siglo XX, el verdadero centro de la vida social y espiritual de las ciudades. Pocos acontecimientos (mítines políticos, corridas de toros y paren de contar) eran capaces de congregar a miles de personas. Los estadios nacieron poco a poco, a partir de solares, para vehicular esa pasión contagiosa por el nuevo deporte que en Valencia se cocinó a fuego lento. Los hubo en Valencia que, por su belleza, no desmerecían su comparación con las grandes estructuras grecorromanas. La Gran Pista de la Exposición regional es definida por
Bens y
García Nieves en su libro como
"el mejor estadio de España". Perfecta afirmación para calificar a un recinto de proporciones y decoración clásicas, que fue derribado junto con buena parte de los edificios de la Exposición en un ejemplo más del pensamiento efímero que caracteriza a Valencia y sus gestores desde hace siglos.
A pocos metros de la antigua Pista se alzó, durante años, una preciosa obra de arquitectura deportiva. El Mestalla de antes de la remodelación de los años cincuenta era un coqueto estadio que, cercado por las casitas de la antigua calle General Pando, vivió el crecimiento deportivo y social del equipo, sufrió los daños derivados de la Guerra Civil, que lo dejaron en un estado inservible, y remontó el vuelo gracias a una meticulosa reconstrucción. El campo de la Creu, hogar del Llevant FC, vegetó durante esos mismos años bélicos, convirtiéndose en presa del olvido para el club que lo había habitado, hasta su demolición.
Y también queda en el recuerdo colectivo Vallejo, un escenario eternamente asociado al recuerdo del Gimnàstic y el Llevant UD tras la fusión del 39. El estadio de la calle Ceres nunca estuvo cerca del prototipo de recinto bello. Cuentan los que allí se dieron cita que era tan incómodo como una piedra. Sin embargo la cercanía del convento de la Trinitat, el azul esmaltado de la cúpula de los Carmelitas y el marcaje de la estación del Trenet y el río acabaron convirtiéndolo en un memorable escenario de película en blanco y negro, más entrañable e inolvidable que bonito. Hasta que cayó bajo el peso de las máquinas a finales de los años 60 y el levantinismo hubo de emprender su enésimo exilio en dirección a las huertas de Orriols.
Cuando un estadio (como un palacio o un edificio) es derribado, buena parte de la historia del barrio y la ciudad en que está ubicado se desvanece. Para rememorar años de pasión, recuperar el pasado interesadamente oculto del fútbol valenciano y viajar a espacios desaparecidos pero palpitantes de vida en nuestro recuerdo, nada mejor que sumergirse en las páginas de
Historia del Llevant UD. Altamente recomendable.