domingo 11 de mayo de 2008

Top 5: abril 2008

Soy un tipo despistado y un tanto confiado. Suelo llegar tarde a los sitios y, a menos que me dedique a planificar con tiempo aquello que quiero hacer, puedo olvidarme de ello por completo. Algo así pasa con estas listas de cinco canciones mensuales. Vuelvo a arrodillarme y a pedir perdón por la tardanza, y lanzo a la blogosfera mis propuestas musicales.

TOP 5: ABRIL 2008

Elvis Costello - Oliver's Army (1979, Armed Forces) - Nunca pensé que Elvis Costello acabara gustándome. Los grupos y cantantes encuadrados en la new wave (excepción hecha, claro está, de PW) me resultaban pretenciosos. Hasta que escuché Shipbuilding en Alta Fidelidad. A partir de ese momento comencé a sumergirme en el universo Costello (Declan Macmanus para su familia), hasta llegar al punto actual. Oliver's Army es un ataque frontal contra el ejército británico de la Thatcher y sus excursiones por medio mundo.

Andrés Calamaro - Los Chicos (2007, La Lengua Popular) - Caso análogo al de Costello. La música de Calamaro jamás había despertado en mí un interés mucho mayor del que podía sentir . Pero en los últimos años ha conseguido captarme entre sus seguidores gracias, en parte, a dos canciones, que deberían, por imperativo legal, ser coreadas en las gradas de los campos de fútbol. Una de ellas es Estadio Azteca. La otra, Los Chicos. Calamaro estará la semana que viene en el festival 10 dies de Burjassot. Para no perdérselo.

Enrique Morente y Lagartija Nick - Pequeño Vals Vienés (1996, Omega) - Se reedita Omega, uno de los tres o cuatro mejores discos de la historia de la música en castellano, que unió los talentos de Enrique Morente y los granadinos Lagartija Nick con el universo común de Federico García Lorca y Leonard Cohen de fondo. Una de sus canciones señeras es el Pequeño Vals Vienés, requeteversionado por todo el mundo desde que el canadiense pusiera música al poema de Lorca. Una delicia, mucho más auténtica y racial que la original.

Morrissey - Everyday is like Sunday (1988, Viva Hate) - Fue el segundo sencillo de Morrissey tras la disolución de los Smiths, y habla de las devastadoras consecuencias de una hipotética guerra nuclear. Es una canción poderosísima, que crece de una manera increíble en directo, que da gusto escuchar. Uno de esos temas que deberían estar en los mp3 o Ipods de todos los amantes de la música.

Los Planetas- Alegrías de Incendio (2007, La Leyenda del Espacio) - Parece que hay un incendio, cada vez que nos juntamos / Parece que hay un incendio, cuando tú estás a mi lado / (...) Mira que eres bonita, que guapa eres / Eres la más bonita de las mujeres (...) Con eso basta.

viernes 9 de mayo de 2008

Cielo, purgatorio e infierno

PEDRO VILLARROEL (ex máximo accionista y factótum del Levante UD):
A LA PLANTILLA

"No sabéis el daño que me estáis haciendo"
"Qué malo soy, que he dado a algunos tres mil euros para comer"
"No hay nadie que quiera comprar (las acciones). Eso es mentira"
"El Ayuntamiento os está engañando"
"No puedo ayudaros, ya no estoy en el club"

A LUIS MANUEL RUBIALES (CAPITÁN DEL EQUIPO):

"¿Tú crees en Dios? Pues vas a ir al Infierno"
"Si enseñas los mensajes que os envié te denuncio"

A ARMANDO (CANTERANO DEL CLUB):

"Yo a ti no te conozco de nada. ¿Por qué me reclamas?"

RUBIALES
A VILLARROEL

"No puedes decir que no estás en el club cuando nos estás enviando mensajes amenazándonos para quitar las denuncias"
"Usted no sabe lo mal que lo estamos pasando nosotros y nuestras familias. Algunos no tienen ni para comer"

domingo 4 de mayo de 2008

La noche americana (South San Gabriel + Centro-Matic + Eef Barzelay)

Anoche fui al Heineken Greenspace para ver la primera edición del festival itinerante La Noche Americana, que acerca a las tres grandes capitales españolas un puñado de ejemplos del maravilloso género musical descendiente del country, emparentado con el Bob Dylan más rural y el Neil Young más intimista. Como ya he dicho en alguna ocasión en este rincón apartado, el americana me encanta. Además, con un cartel tan apetitoso como el que ofrecía el festival (Centro-Matic y South San Gabriel, las dos bandas del gran Will Johnson, y Eef Barzelay, músico de culto en la escena alternativa tras haber sido líder de Clem Snide), eran poquísimas las dudas que tenía a la hora de asistir.

Desafortunadamente Valencia no pensó lo mismo que yo. Vale que el americana es un género muy poco conocido, que las bandas que anoche tocaban tienen un público bastante reducido y que, en consecuencia, un recinto más pequeño hubiera sido más apropiado que la nave industrial del puerto en que se ubica el Greenspace. Pero esto no es excusa para quejarse ante la paupérrima asistencia. Quizá sea muy generoso al asegurar alegremente que fuimos cien personas las que asistimos a los conciertos. Cien freaks, en opinión de la masa que, a esas horas, llenaba los cercanos pubs al ritmo de la música de las otrora "raras" Rihanna o Amy Winehouse. Vamos, que a un tipo de los que anoche bailaban Rehab en la zona más pija de la ciudad le dicen hace un año que iba a saberse de memoria el disco de alguien que tocó en el FIB y ni se lo creería. Garantizado.

Volvamos al desagelado Greenspace. Pasan pocos minutos de las diez y South San Gabriel acaba de tomar el escenario. La banda paralela de Will Johnson practica un americana canónico. Melancolía en cada acorde y en la voz de su líder, un tipo tan tímido que se sienta en una esquina del escenario, casi con la intención de no destacar. La música, creada a base de violín, steel-guitar y de las melodías que extrae WJ de su clásica Epiphone, es lóbrega y oscura pero, al mismo tiempo, emocionante.

Will Johnson es un perfecto representante de su música, un Van Gogh de las canciones que necesita que alguien le descubra. Un muchacho apocado que viste de negro, apunta las listas de las canciones en arrugados papeles amarillos y que agradece constantemente su presencia al escaso público. "Es un placer y un privilegio estar aquí", comenta en varias ocasiones. Para nosotros también, amigo.

Tras cuarenta y cinco minutos de show y un breve descanso, los South San Gabriel vuelven a subir al escenario, esta vez reducidos a cuarteto y convertidos en Centro-Matic. El cambio no se refleja únicamente en el nombre. Todos se han despojado de sus camisas negras y de la melancolía y se lanzan hacia un rock trabado que prescinde de artificios country y que, incluso, se da la mano con el punk en un par de canciones. Centro-Matic, con más de diez años a sus espaldas, ha conseguido juntar una excelente cosecha de canciones con las que adornar un magnífico directo, como por ejemplo Calling Thermatico, Covered up in mines o la enorme Flashes and Cables (Dios mío, qué gran canción). Como breves pausas, comentarios ingeniosos, referencias a Valencia (horchata) o a la pobre asistencia. Y como final, mientras la gorra de WJ rueda por el suelo, una orgía instrumental que acaba en el reiterado agradecimiento al público.

Y como colofón a la noche, llega Eef Barzelay. Un tipo hiperactivo, zurdo y ocurrente, vestido completamente de blanco, que repasa en solitario (perdón, a veces acompañado por un ayudante con pinta de judío ortodoxo) un cancionero de lo más naïf, armado con un ukelele y una Gibson SG. La propaganda de ActuaMusica lo convierte en heredero de Buddy Holly. En mi opinión, Eef Barzelay resulta mucho más mordaz y punzante, aunque con un toque de desidia que, supongo, aporta ante la escasez de público.

Barzelay ofrece un recital de unos cincuenta minutos de duración, en el que la ironía es protagonista junto a las canciones de desencuentros amorosos. El cantante israelí afincado en Nashville se atreve, incluso, con el castellano, para poner el tinte surrealista en sus palabras ("Me siento como Chikilicuatre"). Para el recuerdo y la algarabía de los asistentes quedará una improvisada canción ("Lo siento/lo siento/lo siento/pero quiero sexo/con tu abuela/y tu abuelo también"). Inenarrable.

Conforme pasan los minutos, la desgana de Barzelay aumenta. "Esto es muy triste, qué lastima", balbucea en castellano al ver su escaso auditorio. Tras anunciar que sólo quedan dos canciones para cumplir el expediente, se lanza a la interpretación de una canción (Casper the friendly ghost) de otro genio incomprendido, Daniel Johnston. El final del concierto llega con la presencia, nuevamente, del ukelele, entre el silencio más absoluto. Pues sí, qué lástima.

Lo peor de todo esto es que, si se repite experiencia, mi ciudad no tendrá parada para La Noche Americana debido a la mala entrada de público. Lo mejor de la noche es que, por segunda vez en unos meses, tuve la oportunidad de charlar un rato con Will Johnson tras asistir a dos recitales impecables. Y me dijo, entre otras cosas, que volverá pronto por estas tierras. ¡Estupendo!

martes 29 de abril de 2008

El Padrino (Segunda Parte)

Anteayer volví a ver El Padrino II, una de mis cinco películas favoritas. Es casi imposible quedarse con un fragmento o una línea de diálogo, pero ahí va una de mis preferidas:


Tom Hagen: Cuando un complot contra el emperador fallaba a los conspiradores se le daba la oportunidad de que sus familias conservaran sus fortunas, ¿cierto?
Frank Pentangeli: Sí, pero sólo a los ricos, Tom. A los pobres los mataban y les daban todos sus bienes al Emperador. A menos que fueran a su casa y se mataran; nada pasaba.
Tom Hagen: Era un buen trato.
Frank Pentangeli: Sí, ellos se iban a casa y se daban un baño de tina con agua caliente , se cortaban las venas y se desangraban hasta morir y a veces les hacían una pequeña fiesta antes que lo hicieran.


lunes 28 de abril de 2008

Mi equipo

El sueño es nítido y claro. Vuelvo a pisar el Pabellón Universitario para ver un partido de balonmano, en el que un equipo vestido de amarillo, mi equipo, está vapuleando al Ademar León. Veo rostros conocidos entre los jugadores (Nacho Serrano, Nacho Carbonell y Diego Moyano), como también entre el público que plaga las gradas. Suena el teléfono. Doy un respingo, dejo la añoranza atrás y me incorporo entre las sábanas de mi cama, para comenzar un nuevo día.

La historia del Club Balonmano Valencia es una de las más crueles de la historia del deporte de la Comunitat Valenciana. Nacido a mediados de la década de los noventa como continuación del glorioso Alzira, el CB Valencia superó los (comprensibles) titubeos iniciales de un recién llegado a la élite y alcanzó en 2000, de manera definitiva, la Liga Asobal, de la que ya no se movería hasta su desaparición. Aquel equipo vestido de blanco con ribetes rojos, patrocinado por la marca de telefonía móvil Airtel, marcó un hito en el deporte profesional al superar, en la División de Honor B, la marca de imbatibilidad del histórico FC Barcelona de Valero Rivera. Y lo hizo arropado por su gente, por la gente del balonmano en Valencia, en una histórica temporada que le devolvió a su categoría natural, la más alta.

Yo estaba en las gradas del Universitario el día que el CB Valencia ascendió por última vez a la División de Honor. Fue el pistoletazo de salida de varios años en los que los (relativos) éxitos se sucedieron: dos clasificaciones para la Copa del Rey, una para las eliminatorias por el título y otra para jugar la Copa EHF. Todos ellos logros importantísimos para un equipo olvidado, que caminó por el alambre económico por la falta de ayuda en más de una ocasión. Habrá quien diga que las instituciones se implicaron con el club, y quien recordará que el Ayuntamiento era su principal patrocinador. A todas luces, insuficiente. Se ha demostrado que el apoyo de las instancias oficiales da, en los clubes deportivos "de segunda", problemas. El dinero llega tarde y mal y las directivas, confiadas en las subvenciones públicas, viven a veces por encima de sus posibilidades. Cuando se dan cuenta de la gravedad de la situación y tratan de recapacitar es demasiado tarde. Desgraciadamente no es un caso único en el mundo del deporte valenciano, pero sí uno de los más sangrantes y olvidados.

En los pasados meses los medios de comunicación se han hecho eco de las justas reivindicaciones salariales de los jugadores del Levante UD, hartos de que, en los últimos dos años, únicamente se les haya pagado el veinte por ciento de sus sueldos. El consistorio valenciano ha acabado dando la cara por la plantilla, y me alegro. A nadie le gustaría verse en una situación como la que pasan los trabajadores del club granota. Pero claro, no puedo dejar de pensar en una situación análoga como la de mi equipo, que fue marginado y olvidado por la administración. ¿Para qué salvarlo si al balonmano sólo van cuatro gatos?, reflexionarían, supongo, las cabezas pensantes.

El CB Valencia era mi equipo. Mucho más que el Valencia CF. Me desgañité sábado tras sábado durante más de un lustro con mi padre en las gradas del Universitario, incluso cuando en el Pabellón, casi despoblado, sólo quedaban los familiares de los jugadores, el delegado arbitral y la afición rival. En pocas ocasiones vi al concejal de deportes, por cierto. Cuando tuve la posibilidad de acceder a un micrófono pedí insistentemente que se ayudase al moribundo. El club descendería, pero al menos podría reconstruirse desde la base. Nada de eso. Nadie tuvo piedad de aquel equipo que, cuando saltaba a la primera plana de la información deportiva valenciana, resultaba tan simpático. A la pérdida de categoría se sumaron las denuncias por impago, que dieron al traste con la historia del equipo. Hoy en día, para encontrar el rastro perdido del CB Valencia, hay que rebuscar entre las categorías inferiores del balonmano autonómico. Allí vegeta el Marni, otrora florida cantera de balonmanistas. Hoy, equipo de medio pelo entre tantos otros.

La experiencia vivida con mi equipo me llevó a pensar entonces y me lleva a pensar ahora que existen deportes como el fútbol que siempre sobrevivirán, gracias al apoyo incondicional de las instituciones, aún cuando sus gestores realicen los desfalcos económicos más increíbles. No pasa nada. Para eso estamos los contribuyentes, para pagar los caprichos económicos de la élite del deporte a través de imposibles recalificaciones de terrenos y otros trapicheos varios. También existen competiciones para snobs (como la Copa del América de Vela o la Fórmula Uno) que absorben cantidades desorbitantes del erario público cuando su financiación queda asegurada con los múltiples patrocinadores privados. Esos espónsores que nadie se preocupó en suministrar a mi equipo.

Desde la desaparición del CB Valencia tan sólo he vuelto a ver un partido de balonmano en directo. Fue en el Universitario, en un encuentro de homenaje al inolvidable delegado Luis López y a Tono Andreu, que midió a la selección española y a la valenciana, repleta de los que fueron mis ídolos de andar por casa. Sentado nuevamente en las gradas de mi añorado Pabellón fui feliz. Y deseé que nada hubiera ocurrido. Que la desaparición del CB Valencia fuera una horrible pesadilla y que las tardes de sábado volvieran a tener los colores azul y amarillo de mi equipo.

martes 22 de abril de 2008

El surrealismo de una "guardia"

Desde pequeño siempre deseé ser periodista para poder contar historias a la gente. Quizá en la Edad Media hubiera sido juglar y en en siglo XIX me hubiera dedicado al folletinismo (o, claro, a ese reporterismo hearstiano tan diferente -y tan cercano, al mismo tiempo- al actual), oficios todos ellos ligados a la comunicación, para asegurarme un mínimo sustento económico. Creo que no derribo ningún mito si aseguro que el periodismo es un oficio muy sacrificado, horriblemente mal pagado, desesperante y lleno de obstáculos, miserias, envidias y chulería barata, pero también bello. Y en el que informar se convierte en una aventura diaria, que acostumbra a dejarte inmerso en la situación más inverosímil que puedas imaginar.

Me dedico desde hace seis años al periodismo deportivo y ayer participé en una de las estampas más estrafalarias que ha dado la historia reciente de esta disciplina en Valencia. Permanecí apostado en las puertas de la sede del Valencia CF catorce interminables horas agarrado a mi micrófono, una pesada grabadora, una libreta y dos bolsas para cazar al vuelo las declaraciones de los diferentes dirigentes del club en el día en el que el entrenador Ronald Koeman iba a ser despedido. Esta actividad, repetida hasta la saciedad ante cualquier indicio de actividad en torno a una sede oficial, es conocida en el intramundo periodístico como "hacer guardia por si pasa algo".

Las ventajas de estas guardias suelen ser más bien pocas. El plumilla pasa largos períodos de tiempo sentado en el suelo (cuando puede estarlo), hablando de nimiedades con la gente que tiene alrededor, mientras espera en vano la salida o la llegada de un miembro destacado del club que pueda hacer declaraciones. En el caso del Valencia CF, las guardias junto a la sede -emplazada en una calle llena de socavones y restos de botellón, enmarcada por un edificio de oficinas y un clásico bar de fritanga- son sinónimo de caos, desorganización y falta de atención y ayuda a los medios. En pocas palabras, de un choteo constante y continuo hacia gente que realiza su trabajo.


Anoche dije, en una de las múltiples intervenciones que realicé desde el lugar de la guardia, que me sentía cercano al trabajo que puede realizar un reportero de la prensa del corazón. Qué menos. Me harté de perseguir, micrófono en mano, a todo un sinfín de personajes relacionados con el club, rodeado de otros -al menos- cincuenta compañeros mientras hacía malabarismos para no caer al suelo. La pequeña plaza del Pintor Monleón se convirtió, por unas horas, en un inmenso plató repleto de cámaras, cables y equipos de grabación, con tres unidades móviles televisivas equipadas para realizar conexiones en directo. Asistían impávidos a este gran teatro los vecinos (juro que hubo una pareja de mediana edad que estuvo varias horas sentada en el morro de un coche mientras esperaba acontecimientos), la policía local y los dueños y trabajadores del bar, entusiasmados ante la posibilidad de hacer una de las mejores recaudaciones del año.

Por fin, en torno a las 12 de la madrugada, llegó el momento de la verdad. Algunos compañeros ya se habían marchado a sus respectivas redacciones, otros se habían incorporado, y la mayor parte de los "turistas" dormitaban en sus camas con el soniquete de la radio repicando en los oídos. Las puertas automáticas de la sede se abrieron y el aparato de comunicación del club nos hizo saber el plan de trabajo para las próximas horas. Nada que no supiéramos de antemano, por cierto. Acto seguido, Ronald Koeman salió del edificio con la potencia de un jugador de rugby y la parquedad verbal de un farero, arrollando a quien pudo, sin despegar los labios más que para repetir un cansino "todo lo que tengo que decir está en un comunicado". Nada más. El gran protagonista del día se marchaba del club con su eterno gesto altivo y soberbio sin decir adiós.

La siguiente fotografía en el álbum del despropósito la encontramos en la comparecencia del portavoz del Consejo de Administración del club. Éste es un personaje ligado al mundo de la política valenciana, directivo por su buena relación con el máximo accionista, sin una especial formación en el mundo de la comunicación, que titubeó a la hora de dar a conocer las resoluciones del órgano más importante del Valencia y cambió el nombre a uno de sus ex-empleados. Mientras, arrodillados en el suelo de la sede del club, sin una triste mesa en la que apoyar los micrófonos, los plumillas soportábamos empellones, el peso de las cámaras y el calor de la inmensa bola humana que formábamos. Una escena dantesca de la que volvimos a salir con la sensación de que se nos había escamoteado algo: los testimonios de los dirigentes del club, que se marcharon "de rositas".

Es mi relato de la jornada de ayer, matizado y fragmentado por el sueño, dieciséis horas después de haber abandonado las oficinas del Valencia. Ésta es la cara desconocida de mi profesión. La que no se estudia en las facultades de comunicación ni se refleja en las series. La verdadera cara del periodismo.

jueves 10 de abril de 2008

Vuelve Muchachada Nui

Ha vuelto a las pantallas de La 2 Muchachada Nui, el espectáculo clownesco de Joaquín Reyes y compañía. Y lo ha hecho con fuerza. Como primera celebrity de la nueva temporada, los manchegos han elegido a Quentin Tarantino. Éste es el resultado de sus fechorías.