martes 17 de noviembre de 2009

Por si son curiosos

- ¿Saben quién dijo? "Ese Franco es un idiota. Cree haber ganado la guerra con una victoria diplomática, porque algunos países le han reconocido, pero tiene al enemigo en casa. Si sólo tuvieran la mitad de la fuerza de los japoneses hubiera acabado todo hace cuatro meses. Son apáticos, indolentes, tienen mucho de los árabes. Hasta 1480 en España dominaron los árabes, ocho siglos de dominación musulmana. Ahí está la razón de por qué comen y duermen tanto". La respuesta, aquí.

- ¿Sabían que hay un presidente del Valencia CF que no aparece en los listados oficiales de la entidad y que ha sido tradicionalmente marginado por razones políticas? Lean su historia, a cargo del brillante Vicent Chilet, en este enlace.

- ¿Cree Sarah Palin, previsible próxima candidata republicana a las elecciones presidenciales estadounidenses, en el darwinismo? ¿Qué piensan?

- ¿Cuánto whisky se llevó el explorador sir Ernest Shackelton a su viaje al Polo Sur? Descúbranlo aquí.

martes 3 de noviembre de 2009

Francisco Ayala (1906-2009)


Reproduzcan mentalmente la imagen del veterano corredor de fondo. Cuando nació José Luis López Vázquez, Francisco Ayala encaraba su adolescencia, seguramente con el optimismo y el entusiasmo exacerbados que nos permiten esos años. Vivió en plena juventud el desarrollo y la caída de la Dictadura de Primo de Rivera y participó en 1931 de la ilusión colectiva que supuso la proclamación de la Segunda República. Más tarde, con su futuro acomodado como funcionario, llegarían la guerra y los exilios. El dolor del fusilamiento de personas queridas. La confirmación del don literario y de la pasión ensayística. La jubilación. E, instalado ya en la tercera edad, el retorno permanente a España. Los necesarios reconocimientos. El cálido y unánime aplauso del centenario. Y la muerte callada una mañana de noviembre.

Poco a poco se apagan las luces encendidas antes de la España bélica. Conmemoramos ahora el décimo aniversario de la muerte de otro superviviente, coetáneo de Ayala, Rafael Alberti. En este lapso de tiempo han fallecido decenas de intelectuales, de aspirantes a la inmortalidad, que participaron directamente del conflicto y salieron de él, con más o menos heridas físicas o morales, para contarnos cómo era la España previa a Franco. Como era aquella gran esperanza perdida de la que participaron muchos de ellos y que culminó con cuarenta años de oscuridad y ausencia de libertades. Memoria. Memoria que custodió Ayala durante diez décadas y que, gracias a sus textos y su afán documentalista, no se ha perdido entre las brumas del urgente hoy.

El corredor de fondo ha llegado por fin a la meta. Descanse en paz.

Foto: El País

Cementerio

Semiescondido entre montañas de nichos, faraónicos mausoleos con forma de pirámide o catedral, obeliscos y otros hitos funerarios, el caminante encuentra con dificultad el estrecho sendero que conduce al Cementerio Civil. Tapiada la puerta de entrada desde el exterior, resulta ineludible atravesar calles plagadas de lápidas descoloridas, de panteones que se caen por falta de cuidados, para llegar. Es aquí donde los rayos de sol y la lluvia filtrada han creado un minúsculo recodo de verdor, paz y quietud -salvo en el día de Todos los Santos- que invita a sentarse y pensar. O a escribir.

Aquí, al contrario que unos metros más adelante, no hay grandes letreros que señalen imponentes panteones familiares. Ni largas avenidas divididas en secciones. Lo más, algunos bajorrelieves que honran a personalidades de la cultura y las artes. Estrellas de David casi borradas por las inclemencias y el olvido de décadas de silencio ornan algunas lápidas del suelo. Aquí yacen notables de la comunidad judía de la ciudad junto a agnósticos, ateos y algún católico al que, por falta de espacio, han acabado acomodando en este rincón. Algún distraído paseante repara en el sencillo nicho de don Vicente Blasco Ibáñez, que descansa aquí tras ser abortado, guerra civil mediante, el proyecto de mausoleo para el más universal de nuestros escritores. El ayuntamiento deposita, año tras año, coronas de flores en ésta y la no lejana tumba de Constantí Llombart. Tras la oficial(ista) guirnalda redonda, una leyenda -"Tu nieta Libertad"- abraza a un ramo de flores rojas, amarillas y moradas.

El Cementerio Civil de Valencia es uno de los dos grandes espacios ignorados de ese enorme recinto mudo y lacrimoso que se alza al aire libre junto al bulevar sur y el barrio de San Isidro. El otro olvido constante, sin embargo, ofrece una fotografía fija muy diferente. La de un inmenso cuadrilátero repleto de maleza, vallado por una burda alambrada en la que, a modo de muro de mensajes, abundan los papeles. Recuerdos a difuntos, y no tan cariñosos recados a jueces mediáticos y políticos de turno. A veces sobresalen entre los hierbajos cruces de piedra, ondulados montones de grava, ramos de flores lanzados desde el exterior. Aquí conmueren represaliados de la guerra civil y personas que fueron arrojadas de sus tumbas por impagos o deudas. La fosa común parece querer ocultar sus vergüenzas haciendo crecer tallos imposibles. La fosa común parece querer llorar el destino de los que en ella quedaron.

lunes 2 de noviembre de 2009

José Luis López Vázquez (1922-2009)


José Luis López Vázquez. Polifacético y genial, supo encarnar con igual de acierto al españolito ansioso de carne sueca que al angustiado ciudadano de a pie asfixiado por la sociedad del franquismo, vía Antonio Mercero. Su muerte cierra una brillante carrera, que mereció el elogio de maestros como George Cukor. La letra pequeña de la historia del celuloide dice que no fue más grande por su limitado inglés. No lo creo. Lo fue, y mucho, sin necesidad de dar un salto que, pienso, lo hubiera encasillado a las primeras de cambio en papeles sin fuste.

Hoy se le dedicarán cientos de necrológicas, los informativos reproducirán por enésima vez imágenes de las escenas navideñas de La Gran Familia, cientos de actores glosarán su figura tras una pregunta modelo formulada por una maniquí y, bendita falta de imaginación, la señora ministra de Cultura, hará unas sentidas declaraciones reconociendo su arrojo y calidad interpretativa. Luego llegarán placas, medallas póstumas, nombres de calles y demás. Como siempre, demasiados homenajes en muerte para alguien que los mereció, todos ellos, en vida. Creo, como siempre, que el mejor homenaje, caretas fuera, es el individual, el silencioso. Rescaten del baúl del VHS La Prima Angélica o La Cabina y programen una sesión doble. Así, al menos, lo haré yo, para recordar que se ha ido uno de los grandes.

viernes 30 de octubre de 2009

Tenían razón, malditos cretinos...

"Dígoos verdad, señor, compadre, que, por su estilo, es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros de este género carecen".
(Miguel de Cervantes sobre Tirant lo Blanch)

Pues sí, no me duelen prendas en reconocerlo. Los Soprano representa un punto y aparte en la historia de televisión, honor compartido con Twin Peaks, Doctor en Alaska y paren de contar. Se huele desde el primer minuto del metraje, que engancha so pena de descuidar tareas familiares y llamadas telefónicas casi ineludibles. Aquí no hay hombres de paja ni limitados estereotipos. Aquí no. Aquí los propios personajes reprenden o ríen, dependiendo del momento, al que encarna el tópico. Aquí comen los hombres y duermen, y mueren en las calles, y hablan de El Padrino y Uno de los nuestros antes de su muerte, con otras cosas de las que todas las demás series y películas carecen.

Aquí encontrarán los hasta ahora rezagados, entre los que me incluyo, al bucle del rizo; a la sublimación. Placer televisivo condensado en pequeñas cápsulas de cuarenta y cinco minutos que dejan a uno con ganas de más. Con ansia de bucear en la vida y vidas de capos y acompañantes, pero también de secundarios. Incluso, ¡demonios!, de figurantes con media frase de guión.




Tenían razón, malditos cretinos. Vaya si la tenían.

miércoles 7 de octubre de 2009

Estadios

La estimulante lectura del primer volumen del estupendo Historia del Llevant UD permite descubrir infinidad de detalles sobre los orígenes del fútbol y, por supuesto, sobre la vida cotidiana en la Valencia de comienzos del siglo XX. Para el apasionado por la historia de la ciudad resulta emocionante situar aquellos primitivos matches en solares repartidos por la periferia, y evocar el crecimiento urbano a través de vías actualmente desaparecidas, de inolvidables nombres, como los caminos de la Soledat y el Fondo del Grau.

Habitualmente se ha comparado a los estadios de fútbol con los circos o coliseos romanos y con catedrales. Como ellos, el estadio de fútbol fue en su momento, avanzado el siglo XX, el verdadero centro de la vida social y espiritual de las ciudades. Pocos acontecimientos (mítines políticos, corridas de toros y paren de contar) eran capaces de congregar a miles de personas. Los estadios nacieron poco a poco, a partir de solares, para vehicular esa pasión contagiosa por el nuevo deporte que en Valencia se cocinó a fuego lento. Los hubo en Valencia que, por su belleza, no desmerecían su comparación con las grandes estructuras grecorromanas. La Gran Pista de la Exposición regional es definida por Bens y García Nieves en su libro como "el mejor estadio de España". Perfecta afirmación para calificar a un recinto de proporciones y decoración clásicas, que fue derribado junto con buena parte de los edificios de la Exposición en un ejemplo más del pensamiento efímero que caracteriza a Valencia y sus gestores desde hace siglos.

A pocos metros de la antigua Pista se alzó, durante años, una preciosa obra de arquitectura deportiva. El Mestalla de antes de la remodelación de los años cincuenta era un coqueto estadio que, cercado por las casitas de la antigua calle General Pando, vivió el crecimiento deportivo y social del equipo, sufrió los daños derivados de la Guerra Civil, que lo dejaron en un estado inservible, y remontó el vuelo gracias a una meticulosa reconstrucción. El campo de la Creu, hogar del Llevant FC, vegetó durante esos mismos años bélicos, convirtiéndose en presa del olvido para el club que lo había habitado, hasta su demolición.

Y también queda en el recuerdo colectivo Vallejo, un escenario eternamente asociado al recuerdo del Gimnàstic y el Llevant UD tras la fusión del 39. El estadio de la calle Ceres nunca estuvo cerca del prototipo de recinto bello. Cuentan los que allí se dieron cita que era tan incómodo como una piedra. Sin embargo la cercanía del convento de la Trinitat, el azul esmaltado de la cúpula de los Carmelitas y el marcaje de la estación del Trenet y el río acabaron convirtiéndolo en un memorable escenario de película en blanco y negro, más entrañable e inolvidable que bonito. Hasta que cayó bajo el peso de las máquinas a finales de los años 60 y el levantinismo hubo de emprender su enésimo exilio en dirección a las huertas de Orriols.

Cuando un estadio (como un palacio o un edificio) es derribado, buena parte de la historia del barrio y la ciudad en que está ubicado se desvanece. Para rememorar años de pasión, recuperar el pasado interesadamente oculto del fútbol valenciano y viajar a espacios desaparecidos pero palpitantes de vida en nuestro recuerdo, nada mejor que sumergirse en las páginas de Historia del Llevant UD. Altamente recomendable.

jueves 24 de septiembre de 2009

Inglés

Richard Vaughan se está forrando gracias a la popularidad de su emisión continua en el canal de la TDT Aprende Inglés. Hay que reconocer que el tipo es tremendamente original, hábil y didáctico en la difusión al gran público de su programa lectivo. Tanto que no parece, ni por asomo, un profesor explicando la lección al alumno. Ésa es, por supuesto, la clave de su éxito. Vender algo sin que parezca que lo estás vendiendo.

Vaughan está de moda y trata el aprendizaje de inglés de una manera especial, como si nadie hasta este momento hubiera aprovechado las posibilidades del medio. Lejos quedan aquellas primeras intentonas, casi heroicas, de introducir el idioma de la Gran Bretaña, con sus inflexiones y su acento de té de las 5 (nada nos contaron del inglés de Sudáfrica o del de Nueva Zelanda, por ejemplo), en los hogares españoles. Productos como Muzzy y programas como That's English, éste en colaboración con las escuelas de idiomas, abrieron el camino, ahora convertido en cómoda autopista de varios carriles que transita Vaughan con su flota de camiones. Más lejos quedan aquellas incesantes campañas promocionales, especialmente visibles cada mes de septiembre, cuando las editoriales nos vendían por enésima vez un primer fascículo rojo, de la habitual colección que aportaba al pack un casette blanco y un diccionario de bolsillo. Al poco tiempo irrumpió con fuerza la moda de las macroacademias, que fagocitó a los pequeños centros de barrio. La gran estafa descubierta con el colapso de Opening y otros centros similares demostró que nada ni nadie es es infalible y que, con frecuencia, los métodos milagrosos tienen un reverso tenebroso que ríanse ustedes del de Darth Vader.

En definitiva, el negocio del aprendizaje del inglés es un suculento mercado que mueve cada año cientos de miles de euros. Y que se ha ido modernizando gracias a la globalización, convirtiendo el hecho de saber hablar inglés en un requisito en esta sociedad. En función del certificado que ostente el orgulloso poseedor, se es, en determinados ambientes, ciudadano de primera, segunda o tercera. A mí, sin embargo, me sigue resultando llamativo que, por ejemplo, se prime el conocimiento de una lengua extranjera sobre el dominio sobre las propias. En más de una ocasión me he topado con un profesional de los de muchos ceros en la nómina (o en los cheques que recibe), perfecto bilingüismo angloespañol y sonrojantes faltas de ortografía. Eso por no hablar del escaso conocimiento que se tiene, en la Comunidad-Reino-País en la que vivo, de la lengua propia. Pero esa es otra historia...