lunes 13 de julio de 2009

Historia del Levante UD

Conozco a Felip Bens y a José Luis García Nieves desde hace mucho tiempo y me precio de tenerlos entre mis amigos más cercanos. Son gente hecha a partir de un molde diferente al de los demás. Espléndidos conversadores, magníficos compañeros, excelentes personas. No hace falta que subraye aquí sus méritos, aunque sí me gustaría destacar, si me lo permiten, un par de detalles. Felip ha actuado durante años, desde una trinchera situada en una inhóspita posición, a la cual llegaban disparos por todas partes, como pacificador, bandera blanca en mano, en el ámbito de la cultura valenciana. Por su parte, José Luis, seguramente uno de los cinco o seis mejores periodistas de la ciudad, es una de las personas cuya capacidad de trabajo llega a abrumar. Es, asimismo, un prosista de gran calidad que batalla en la jungla del fin de semana: teletipos, becarios y actos institucionales enmarcan su radio de acción.

Escribo estas líneas a colación de la próxima aparición de una monumental obra de investigación, la Historia del Levante UD que verá la luz a partir de septiembre de 2009. Felip y José Luis han buceado en las heroicas catacumbas de nuestra sociedad y nuestro fútbol para ofrecer la que es, a mi juicio, la obra definitiva no sólo sobre el Levante, sino también sobre el balompié valenciano. El resultado es espectacular. Créanme. He seguido el proceso de creación desde el minuto cero y ahora, cuando el silbato se acerca cada vez más a la boca del árbitro, no puedo más que aguardar ansioso el día de la aparición del primer tomo, una verdadera guía para comprender el cómo y el por qué de la aparición del fútbol en Valencia. Y para, de paso, analizar el tránsito de un siglo entre la ciudad de 1900 y la actual. Una aventura apasionante que deparará grandes sorpresas incluso a los que no disfrutan con el fútbol.

Enhorabona, amics. Magnífic treball


lunes 29 de junio de 2009

I

Hace años que observo a I. No es algo buscado por mi parte, ¿saben?. Simplemente me he acostumbrado al encuentro semanal, casi siempre con una amplia avenida de por medio. Surge tras la esquina con un caminar pausado, cansino, enfundado en una ropa ya pasada de moda en los cincuenta, repleta de bolillas de algodón y arrugada. Es alto y corpulento y pasea, como únicos acompañantes, un bigote poblado y entrecano y unas enormes gafas de cristales amarillentos. Su pelo, años atrás alborotado, mengua conforme pasan los días. Se hace mayor. Cada vez más. Lo presiento soltero sin solución y habitual visitante del bar que hay bajo su casa, un antro largo como una vagón del Talgo que presiden sendos posters del Levante y el Real Madrid de los años ochenta. Quizá mi desconocido amigo baje a ese local de regusto quintadelbuitrero a comer y cenar mientras, entre Ducados y copa de Soberano, piensa en el tren del futuro que perdió hace años y que, como un Tántalo moderno, aún quisiera poder alcanzar. I es uno de los pocos supervivientes auténticos de la pequeña parte de la sociedad que no corrió delante de los grises (y que no alardea de lo contrario) porque gastaba su tiempo leyendo El Papus o la primera Interviu; quizá, si algún día me acerco y le pregunto, me cuente que conserva su Ford Taunus con la baca puesta y las cintas de Emilio el Moro en la guantera. No exagero un ápice en mi retrato, créanme. Al atisbar su larga y tambaleante figura me veo inmerso en un viaje de vuelta al Zafranar isleño de hace más de veinte años, delimitado por el concesionario de camiones y el descampado amurallado. A una época que I parece soñar y vivir eternamente.

miércoles 24 de junio de 2009

Soccer

Entre Caliguri y Dempsey media un abismo de diecinueve años. Casi dos décadas en las que el impopular soccer masculino ha conseguido abrirse paso en el concierto internacional entre las risotadas de los locutores deportivos de medio mundo y las miradas esquivas del gran público europeo, acostumbrado a celebrar, de manera alterna con el sudamericano, las competiciones de primer nivel internacional. La presencia estadounidense en los Mundiales siempre se ha visto como una mezcla entre pintoresca y ridícula: las selecciones presentes en los campeonatos del 90 y el 94 lucían nombres tan sonoros como los de Tony Meola, Alexei Lalas o Fernando Clavijo, reflejo de la realidad socceriana estadounidense. El fútbol era un deporte para las minorías que no encajaban en los grandes espectáculos del país: NBA, NFL y liga de béisbol.

Y es que el fútbol nunca ha sido la especialidad de los Estados Unidos. A pesar de la temprana constitución de su selección (hay documentado un partido en Canadá ya en el siglo XIX), de la presencia norteamericana en las primeras citas de masas del mundo (tuvo destacadas participaciones en los Mundiales del 30 y el 50) y de los intentos por impulsar un a liga de lo más mediática (con aquellas temporadas en las que Cruyff, Beckenbauer, Pelé o Chinaglia se pasearon por los verdes pastos de los reconvertidos estadios de fútbol americano), el soccer no pasó nunca de la fase de larva. Aburría a los estadounidenses, a los que la categoría del empate resulta tan ajena como algunos derechos fundamentales.

La locomotora que tiró del convoy del soccer en Estados Unidos fue, de manera insospechada, el fútbol femenino. Tras la celebración del Mundial 94 en tierras americanas, con escasa penetración a nivel poblacional, una minoría de chicas comenzó a practicar el deporte en los colleges y las Universidades. Dejaron en pañales a sus colegas masculinos y sentaron las bases del que es hoy en día, con diferencia, el deporte femenino más importante de los Estados Unidos.

Animadas por el éxito del soccer entre las chicas y encantadas con la presencia internacional del fútbol, diversas empresas y multinacionales intentaron por enésima vez implantar el deporte, con las particularidades propias del país (franquicias y división en conferencias) La Major Soccer League, con más de diez años a sus espaldas, ha vivido mejores y peores épocas pero ha conseguido consolidar un modelo básico que hoy permite a la selección recoger sus frutos. Como en los 70, muchos futbolistas foráneos llegaron para dar lustre a la competición y ayudar a la formación de los nuevos futbolistas. Pero algo cambió. Por vez primera los jugadores autóctonos han merecido una atención destacada en los medios de comunicación del país (caso de Reyna, Donovan o Adu) y, en sus cada vez más habituales viajes a Europa, han demostrado que es posible no desentonar entre estrellas de primer nivel.

Esta noche los estadounidenses han recetado una cura de humildad a la selección española, teóricamente favorita para alzarse con el triunfo en la Copa Confederaciones, el enésimo invento de la FIFA para que sus dirigentes cobren multimillonarias dietas. Al conjunto de Del Bosque, mejor en el cómputo global del encuentro pero negado de cara al gol, se ha opuesto un equipo muy bien armado, con una pinta excelente y una serie de buenos jugadores que auguran un futuro halagüeño. El soccer ha echado raíces en Yanquilandia. Ya era hora.

jueves 18 de junio de 2009

J

Conozco poco a J. De una o dos veces. Lo suficiente, sin embargo, para darme cuenta de que no quiero conocerlo en profundidad. Nunca me he sentido cómodo entre personas soberbias, y él lo es. Mucho. Sus gestos hablan por sí solos. Su mirada te congela mientras sus manos te roban la cartera. Genera mal rollo. En las distancias medias o largas viste una piel de cordero que engaña a primera vista. En las cortas, si puede, no pierde la ocasión para destruirte poco a poco, con delectación. Casi lo puedo ver ensayando ante el espejo del baño esa mueca, ese rictus que luego utilizará en el momento clave para justificarse ante una actitud incomprensible para con los demás. ¿Será así también con su familia? ¿Y en su trabajo? Apuesto los estantes de ensayo histórico que pueblan mi biblioteca a que sí. Y, créanme, no los perdería. Qué mala es la chulería. Qué mala.

miércoles 10 de junio de 2009

Justo Serna

La primera vez que oí hablar del profesor Justo Serna fue de labios de mi amigo David Quixal, excelente historiador con un brillante porvenir como arqueólogo y magnífica persona. "Justo", me decía, "es uno de esos profesores que merecen la pena, que consiguen que disfrutes en sus clases". Con el tiempo esa misma opinión me ha llegado desde diferentes compañeros y amigos que, ya sea por formación o simple pasión por la historia, han acudido a sus clases. El retrato a cuerpo entero queda completo si añadimos un par de datos más: Justo es un magnífico docente que, además, ha traspasado la típica frontera del profesor de universidad para convertirse en un atinado comentarista diario de la actualidad política y literaria valenciana, ya sea a través de sus artículos en Levante-EMV y El País o en su excelente blog, de obligada visita diaria. También cultiva el ensayo con tal acierto que uno de sus últimos libros, Héroes Alfabéticos, le ha reportado el galardón en esta modalidad en los XIX Premios de la Crítica Valenciana. Palabras mayores, pues.

Pero su ingente labor queda descabezada si obviamos un último detalle. Serna es un dinamizador cultural de primer orden en Valencia. Lo recuerdo especialmente brillante en unas jornadas destinadas a estudiantes que analizaban el fútbol desde el prisma académico. Ahora, junto a su compañero Anaclet Pons (otro grande, me cuentan), ha proyectado una de las mejores exposiciones del año en Valencia, con sede en el edificio de la vieja Universidad Literaria. Dedicada a la familia Trenor, burgueses descendientes de un irlandés que hizo fortuna en la ciudad durante el siglo XIX, la muestra es, aunque corta, interesante, amena y muy didáctica. Un trozo de historia de la Valencia de los dos últimos siglos alejada de las glorificaciones tan comunes por estos lares. Ya me conocen: formo parte del gran grupo que piensa que el rigor es mejor que todas las campanillas del mundo. Enhorabuena, Justo.

lunes 8 de junio de 2009

Selectividad

Ocho de la mañana. Sobre el césped de la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Industrial, en la Universidad Politécnica de Valencia, centenares de adolescentes pasados de revoluciones aguardan en exaltado desorden para acceder a las aulas. Ahí dentro, bajo la atenta mirada de un grupo de nueve docentes, consumirán sus últimas esperanzas de acceder a los que creen sus sueños. Y es que la entrada a Odontología, Fisioterapia o Periodismo está tan cara que acobarda a los más duros. Para muchos, que han vivido el curso a lo Pinito del Oro, llegar aquí ya es toda una heroicidad. Para otros, encomendados a la fuerza a la Virgen de los Desamparados, decenas de santos locales -abuela y madre obligan- y, en última instancia, a Santa Chuleta, patrona del estudiante, el verdadero premio gordo de la lotería llegaría con la carambola que permitiese alcanzar la nota deseada. Cosas más raras se han visto, murmuran, entre promesa y promesa hipotecada a cambio de apoyo divino.

Es un día de cientos de valerianas y tranquilizantes, de miles de colillas (Nobel para las chicas pijas y con estilo, L&M para los chicos, tabaco de liar para el grupo alternativo que va dos o tres años por delante del resto) aplastadas contra la pared, de amuletos y demás cachivaches. Hay quien incluso se ha traído una bolsa con cincuenta chicles de menta y clorofila Trex. Cuenta a quien quiere escucharle que mascando espanta los nervios. Rugen, incómodos, los estómagos, sometidos a la nada agradable dieta del café, la tila y el ligero tentempié. Ahí está el persistente dolor de cabeza, fruto de las últimas noches en vela de una era que consume sus horas finales. Y el blanco roto de las hojas de apuntes, que en el mejor de los casos pronto alimentarán la hoguera de la verbena de San Juan y abrirán el paso a esa nueva etapa vital.

Es inútil repasar, piensa el chico de los bíceps tatuados. Todo cuanto había que hacer ya está hecho. Él, sobrado de conocimientos y aspirante a una carrera con nota de entrada asequible, opta por otear el horizonte para guardar en la retina una imagen nítida de este día. No muy lejos de él la chica rubia, responsable y discreta, pasa las hojas con evidente nerviosismo, en busca del último vistazo al participio pasado, a los esquemas de análisis de texto y a la influencia del arte clásico en la arquitectura y la ecultura de la Edad Moderna. Sabe que se juega mucho en los próximos tres días. Eso sí, aunque agitada, no ha sucumbido de momento a la histeria que sí padecen sus compañeras de pupitre en clase. Falta poco para que, desde la puerta del aula correspondiente, se les llame a capítulo. No queda un hueco libre a lo largo y ancho del pasillo, casi un campo de prisioneros en miniatura. En los lavabos se ha agotado el papel, masculla el gracioso de turno. Pocos ríen. Muchos sudan. El edificio es un horno. Se atisba entre la gente al listo de la clase, más inquieto que nunca; al forofo, futuro estudiante de Educación Física que ha acudido vestido con la camiseta del Valencia; a la deseada, cuyo habitual rastro perfumado apenas es perceptible hoy; al taciturno, que limpia una y otra vez sus gafas esperando el momento de la entrada. Y al profesor acompañante, que quita hierro al asunto mientras da ánimos a sus alumnos favoritos. No pasa nada, se lee en su labios. Vais a aprobar, seguro, afirma, mientras ubica mentalmente la cafetería redonda del Campus y el kiosko en el que comprar El País.

Por fin, a la hora convenida, las puertas de las clases se abren. Se escuchan chillidos. Alguna lágrima corre por las mejillas de las extremadamente sensibles. Apostados en las entradas, los profesores que conforman el tribunal comienzan a pasar lista. Al fondo se vislumbra un aula amplia, con largas mesas, infinitamente más cómodas que las que tendrán que sufrir aquellos que harán sus exámenes en la Universitat de València. El estudiante dice adiós a su ingenuidad y saluda a sus miedos en el umbral de la puerta. No hay vuelta atrás. Suerte.

domingo 7 de junio de 2009

Europees'09

Vist a El País:


I una reflexió: on queda el paper de València a Europa si la campanya, focalitzada en les disputes PP-PSOE, i fins i tot els mitjans de comunicació han fet completament invisibles els candidats autòctons?