El Never Ending Tour de Bob Dylan, con casi veinte años a cuestas, no se detiene. La gira inacabable que ha llevado al de Minnessota a todos los rincones del mundo mantiene, en su rama correspondiente a 2008, una vitalidad apabullante. A pesar de las críticas al supuesto bajón físico y anímico de Dylan, los conciertos siguen siendo amplios (en torno a la hora y cuarenta minutos) y, trufados de grandes éxitos y nuevos clásicos del repertorio de Zimmerman que varían cada día, conforman una de las ofertas más atractivas del panorama musical. Y es que no todos los días uno puede escuchar a un mito vivo, siempre futurible para el Nobel, desgranar temas tan emotivos y bellos como Just Like a Woman, Blowin' in the wind o la reciente When the deal goes down.
El recital del pasado martes 2 de julio en el estadio de La Fuensanta de Cuenca no fue ajeno a las constantes vitales de los dos anteriores shows de Dylan a los que he asistido (el último de ellos, en Valencia, reseñado aquí). La mezcla perfecta de estilos, desde el rock and roll más visceral hasta el country más sosegado, interpretados por una extraordinaria banda de directo, volvió a ser la capa que envolvió al genio en su primer paso por la pequeña Cuenca. Hay muchos que critican que Dylan se limite a tocar el teclado (como Joaquín Sabina, vaya) y a cantar, con voz de gato viejo, imposibles versiones de sus canciones. Demos la licencia para hacer ambas cosas a un tipo que ha revolucionado varias veces la música popular y que ha sabido rodearse siempre de los mejores para facturar discos perfectos, históricos, imposibles de crear sin él.
Tras la breve comparecencia en escena del telonero, Pedro Javier Hermosilla (¿por qué no Quique González, un cantautor más cercano al perfil del de Minnessota, durante toda la gira española y no sólo en Jaén?), Dylan y sus músicos salen de detrás del telón para arrancar el concierto. Lo hacen con la enésima versión de Maggie's Farm, una de mis debilidades personales. Qué diferente suena, por ejemplo, a aquella que, cuarenta y tres años atrás, marcó una inflexión en la historia de la música popular, al ser interpretada con guitarra eléctrica en el seno del Festival de Newport. Ahora Maggie's Farm resulta mucho más sosegada, emparentada con el country-rock, aunque igualmente atractiva.
Siguen a esta primera joya un par de clásicos de Blood on the tracks, el disco en el que Dylan reflejó su estado de ánimo tras la ruptura con su esposa Sara. If you see her, say hello y Tangled up in blue, esta última una de las más redondas composiciones de su autor, se entrelazan con dos temas del último disco de Dylan, Modern Times, que reflejan la querencia del mito por el blues y el rockabilly: Rollin' and Tumblin' y The Leeve's Gonna Break. Tras ellas el camino queda despejado para el primer gran momento de la noche. El fondo se llena de estrellas y comienza a sonar Just Like a Woman, que logra convertir al estadio en un karaoke gigante, a pesar de las evidentes diferencias entre la interpretación del público (basada en el tema original que aparecía en Blonde on Blonde) y la de Dylan, como siempre a su aire, no sujeta a ninguna regla.
Llega entonces la parte central del repertorio, algo más floja, con John Brown. Pero este bajón se convierte en un rápido espejismo espejismo. Honest with me, gracias a su ritmo saltarín, It's alright Ma (I'm only bleeding), con su dureza, y las ensoñadoras When the deal goes down y Beyond the horizon vuelven a meter al público en el ajo. Llega entonces Highway 61 Revisited, bandera de la época más eléctrica de Dylan, que hace saltar a la concurrencia sobre la lona azul que cubre el césped. Y Nettie Moore, extraida de Modern Times, da paso a otro momento muy especial: el que se produce con la sucesión de la alegre Summer Days y la enorme Masters Of War, el himno antibelicista por excelencia, que cierra la primera parte del concierto entre un tsunami de aplausos.
Tras un brevísimo descanso, Dylan y sus músicos vuelven al escenario para desgranar otro tema de su último disco, Thunder on the mountain. La duda queda para el final. ¿Cerrará con Like a Rolling Stone, una de las cuatro canciones más importantes de la historia, que interpreta casi siempre al final de sus recitales? Hasta en eso Dylan resulta imprevisible. Poco después de presentar a su quinteto de acompañantes, liderado por el bajista Tony Garnier, el cantautor se lanza hacia el final con Blowin' in the wind, el tema que le hizo famoso en 1962 cuando sólo era un muchacho que tocaba folk y que, a la postre, resulta el último momento mágico de la noche. Los roadies no han hecho sino comenzar a recoger el equipo y Dylan ya viaja fuera de Cuenca a bordo de un enorme camión negro, con las lunas tintadas, en dirección a Alicante.
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