Quejíos, surrealismo lírico, percusiones demoledoras, palmas, complicados universos eléctricos à la Sonic Youth, palos flamencos, coros unánimes, ovaciones cerradas. Leonard Cohen. Federico García Lorca. Omega. Enrique Morente y Lagartija Nick. Y poco más habría que decir para tratar de conseguir acercarse a un imposible: calificar, pintar una velada indefinible, histórica, mítica, de esas de las que uno se acuerda toda la vida. La noche en la que el yunque sonoro de la fusión flamenco-rock cayó sobre Valencia durante dos horas en las que no existió nada más. Ni crisis, ni lluvia, ni sexo, ni fútbol, ni siquiera Primal Scream, líderes hasta anoche en la clasificación de mejor concierto del año en la ciudad. Adiós a todo lo preestablecido. Hola a la genialidad.
A punto de alcanzar las diez y cuarto de la noche, tras el teloneo de la artista gallega de hip hop AID, Enrique Morente y su familia (seis coristas, entre ellos su hijo, y los guitarristas Paquete y David Cerreduela) toman el escenario, ante una platea entregada y repleta (que proporcionó al Greenspace su segundo lleno del año tras los recitales de Calamaro). Arremolinados en torno a un bidón verde -Heineken paga, claro- arrancan su intervención con un paseo por ese cante jondo del que Lorca se enamoró hasta las cachas. Hay también un cariñoso recuerdo a Rafael Alberti ("Si mi voz muriera en tierra") que precede al primer Omega de la noche, "El Pastor Bobo", un delicioso duelo entre el clamor de Morente y las guitarras flamencas. "Cuando vine la otra vez esto estaba más hondo... Bueno, estaba bastante borracho", exclama con gracejo ante las risas de su público, antes de volver a la senda de las seguidillas, ya arropado por seis coristas femeninas. Ecos populares y preciosas metáforas que sólo nacen en Andalucía plagan sus textos. Y todo crece de tamaño con la entrada en escena del mejor baterista de España, Erik Jiménez, quien después de tantos años ha acabado pareciéndose más a un profesor universitario que a un gladiador de las baquetas y los timbales. Su excelente sentido rítmico, que emparenta el flamenco con el rock e, incluso, el jazz, es suficiente para que la afición sepa que esto ya va en serio. Suena Autorretrato, del reciente disco Pablo de Málaga, en el que Morente repasa la obra de Picasso. Y, tras un interludio en el que el Greenspace cobra forma de enorme tablao flamenco, durante el que el maestro aprovecha para tomar aire, llega la hora de la verdad.
Sí. La hora de la verdad. Once de la noche y once minutos. Morente retorna al escenario, flanqueado por sus cantaores, guitarristas, percusionistas y arropado por Lagartija Nick, semiocultos tras unas pantallas de plástico. "Los Sonic Youth granaínos", dice el genio. Acto seguido, el delirio. Los primeros sonidos de Omega empiezan a llenar la sala. Los dos bajos de Lagartija Nick, la guitarra y la batería amartillan la voz de Morente. Basta para que el Poema de los Muertos de García Lorca cobre un poder sobrenatural ante un público entregado. Casi nueve minutos de la electricidad más apabullante que ha parido la música española. Y aún hay más. Morente echa mano del repertorio de Cohen y desgrana, sucesivamente, Aleluya y Manhattan, cuya interpretación convierte al Greenspace en un atestado karaoke. "Asesinado por el cielo", canta absolutamente todo el mundo, Antonio Arias incluido, mientras suena Vuelta de Paseo. Y entre demostraciones de amor y elogios de Morente hacia Valencia, que vendrían de fábula para un spot publicitario en Canal 9, el grupo da la estocada final con Ciudad sin sueño. Nunca Valencia estuvo tan cerca de ser Nueva York como esta noche. El ruido, ese fabuloso noise rock acaudillado por los Lagartija Nick, es bello y contundente. Erik pierde sus gafas a resultas de sus sacudidas a la batería. El delirio se apodera del público. Se echa el telón, de momento.
Llegan los bises. En el primero asistiremos a una fiesta flamenca por todo lo alto. Vuelve el corro. Retornan las alegrías, los fandangos, las seguidillas. Y los familiares de Morente bailan. Bailan. Bailan. Incluso llega a salir la matriarca para marcarse unos pasos. Poco falta para que don Enrique se ponga a hacer el trenecito. La respuesta del público es fabulosa. Y Morente hace que vuelvan los apóstoles del barullo. Señal de que aún hay más.
El segundo bis es de libro. El Pequeño Vals Vienés que popularizara Cohen arranca la emoción de las parejas enamoradas, que lo bailan agarrados, y de los solitarios, que lo corean sin rubores ni rebozos. Y La Aurora de Nueva York, un más que evidente final para el concierto, cierra el espectáculo entre la ovación general y el sonido de feedback que sale de los amplificadores de Antonio Arias. Morente y sus muchachos se van. Y todos nos quedamos con ganas de más. Algunos nos frotamos los ojos, exhalamos sin parar, conscientes de que lo que acabamos de ver supera a casi todo. Saco el paraguas y emprendo, bajo la lluvia, el camino de vuelta a casa. El frío me recuerda el retorno a la realidad tras ciento veinte minutos de brutal, devastador espejismo. Y el cuerpo me retumba con el ritmo de Erik como compás. Grandioso, oigan. Onírico. Increíble.
UN RINCÓN APARTADO es una publicación
3 comentarios:
enhorabuena por lo escrito y por todo lo que se disfrutó anoche.
Lo de morente y los lagartija fue mucho más que un concierto.
un saludo.
pd: a mi me queda hacer un pequeño comentario en mi blog. pero también puedes pasarte por vinilovalencia.com
i lo que m'haguera agradat anar!!
Brutal, verdad?
En la edición de este año del FIB
tuve la oportunidad de verlos en acción..... el mismo día que vi a Leonard Cohen!!!
Bueno, lo cierto es que estuve emocionado toda la actuación, sobretodo en el primer tercio de la actuación, cuando hace el set de palos clásicos. Era surrealista ver a este pedazo de artista en un festival donde hay tanto a la última en todos los sentidos....
Eso sí que es provocación total...
He visto muchas ediciones del Fib con actuaciones grandiosas, pero lo de Morente con Lagartija Nick puffff, se lleva la palma
Saludos ilicitanos!!!!
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